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Es horrible ser extranjero; es hostil y despiadado. Pero cuando los castillos de Occidente, junto a sus conquistadores imperiales, venden su relato magnificado de una cultura superior, estudiosa, lectora y de grandes dotes intelectuales, a los que estamos detrás de esa narrativa -desde edades escolares- nos resulta casi natural empezar a sentir admiración y dependencia, a seguirla y justificarla. Ya adulto, académicamente formado e intelectualmente inquieto, es igualmente natural querer hacer contacto con esos ideales culturales de la hispanidad culta española.
Aquí, en un café, con el trabajo en negro, en el taxi, en el aula de un curso, en la gestión universitaria, en la convivencia del piso o simplemente desde una plática cotidiana con el ciudadano de a pie, empiezas a sentir los latidos de la España contemporánea. Llega la pregunta como suramericano: ¿Por qué a ese nacional que usa la segunda persona del plural, "vosotros", le cuesta tanto recibir un presente, un pequeño gesto o un detalle como forma de cercanía y agradecimiento al trato? Empiezas a detectar las miradas esquivas de algunos ante la sonoridad de tu habla, tu tono, tu manera distinta de hablar el español sembrado, la gramática evaluada. Descubres la diferencia técnica que hay entre tu español y el castellano de ellos. Aprendes que no son sinónimos. Adviertes el impacto, la psicología del contraste; y la cercanía se vuelve difícil, difusa y casi siempre insostenible. Es ahí cuando caes en la cuenta de que eres extranjero.
Las respuestas cortas y secas, sin que te miren, mientras lavan el vaso o direccionan la vista hacia otro lado distinto a tu presencia. Murmullos entre dientes, con miradas furtivas de seriedad, sin ningún ápice de amabilidad. Te endurece aún más la realidad administrativa de "irregular". Te sientes no deseado; más bien, marginado. A partir de aquí, la estrategia es hablar lo necesario, porque produce mejor respuesta al trato y porque te esconde el tono, la presencia incómoda de no ser de allí. Junto a este comportamiento que algunos dibujan de muchas maneras -"xenofobia", "racismo", "clasismo"-, y habrá hasta quien lo niegue o invisibilice, es cuando aceptas que eres diferente y que la igualdad es tan solo un cliché del iberoamericanismo.
Luego, sientes esa indiferencia del propio español para consigo mismo: en la ausencia de inspiración al logro, en su poca empatía por la excelencia, en su despreocupación por la lectura y en su resignada desmotivación, resumida en la máxima del "no doy más de lo que me piden"; en medio de la ironía de cohabitar en una sociedad subvencionista, claramente socialista y formada en su mano de obra. Era obvio que este panorama no reflejaba la diegética de la hispanidad ibérica; no se vinculaba con la herencia del discurso renacentista europeo o con la leyenda dorada que me habían enseñado en la escuela del Tercer Mundo, con la altilocuencia benéfica de la Conquista de América. Era claro que ante mis ojos se desvestía el desgastado discurso.
La intriga intelectual y mi asombro social me llevaron a buscar respuestas a este comportamiento psicosocial. Las hallé en uso de mi integración y así llegaron los argumentos de este ensayo, desde donde expongo las históricas justificaciones de este complejo de superioridad colectiva, al que titulé "La Cortesía del Desprecio". No tiene carácter reactivo, porque, a fin de cuentas, el colonialismo es parte de la cíclica geopolítica del poder en la naturaleza humana.
¿Por qué me referí a ello con el subtítulo "La eufonía de la igualdad"? ¿Qué significa? Significa hacer que una mentira suene bonita, agradable, suave o convincente, de modo que no se perciba como falsedad, sino como algo aceptable, razonable o incluso deseable. Eso es, exactamente, el término "Iberoamérica": una mentira con música verbal, un lenguaje estéticamente agradable que reduce la resistencia crítica del oyente.
"El mundo e
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